Regresaba a su casa; la primera gota de la ginebra ya había hecho su efecto hace algunas horas. Pero aún quedaban aproximadamente miles de millones de gotas más que pronto estallaría en una explosión de neuronas, unas tras otras hasta agotar su cerebro y hasta que su cuerpo se derrumbara y cayera tan duro como el de un cadáver. Entonces, firme como un animal que lucha por subsistir, el hombre dirige su mano hacia sus pinceles, mide sus movimientos; proyecta colores y los plasma sobre la tela en indomables curvas. Una mujer puede divisarse; una mujer que no es parecida a ninguna otra; su trazo se detiene y la imagen patética del hombre abraza el cuadro, intentando transformar la pintura en una figura tangible y perfecta, la que otras tantas veces proyectó en cada gota, en cada neurona que explotó; luego cae. Y el hombre se desploma vencido en la imposibilidad de reproducirse con la imagen del cuadro.
...Pobresito... justo que estoy dibujando una
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